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Para que un sólido (como el filamento de la bombilla) emita luz visible ha de calentarse al rojo vivo, es decir, ponerse incandescente. Pero, ningún filamento puede proporcionar el espectro luminoso de la luz solar (correspondiente a una temperatura de 6600 K, que es la temperatura promedio de la fotosfera solar), pues no conocemos ninguna sustancia que permanezca sólida cuando se calienta a esa temperatura.
El carbono tiene la mayor temperatura de fusión (3800 K) de todos los elementos, pero se evapora (antes de fundirse) demasiado deprisa, por lo que un filamento de carbono se fracturaría y no dejaría pasar la corriente eléctrica, “fundiéndose” la bombilla. De todos los materiales sólidos que se pueden manufacturar en forma de filamento, el tungsteno tiene la temperatura de fusión más elevada (3700 K) y sublima muy lentamente a temperaturas por debajo de su temperatura de fusión. Por ello se elige el tungsteno para fabricar los filamentos de las bombillas incandescentes, pero para evitar que sus átomos se sublimen, la temperatura máxima del filamento está limitada a 3000 K.
En estos casos la mayoría de energía irradiada (entre el 80 y el 90%) por el filamento corresponde a longitudes de onda del infrarrojo, que es invisible al ojo humano, y menos del 10% de la energía irradiada corresponde al visible. Este es el motivo por el que se dice que las lámparas incandescentes son muy ineficientes para la producción de luz visible.
EL FILAMENTO DE UNA BOMBILLA MIDE 1 METRO
El filamento de las bombillas es un fino alambre de tungsteno de poco más de 40 μm de diámetro, enrollado en forma helicoidal, el cual, a su vez, vuelve a enrollarse en otro helicoide. Aunque el filamento aparenta tener 1 o 2 cm de longitud, realmente contiene alrededor de 1 m de fino alambre de tungsteno.